sábado, 3 de octubre de 2009

Una tarde

Hoy era otra tarde cualquiera en Gijón. Me dispuse a dar un paseo al parque de Begoña, centro de la ciudad Asturiana y centro de la actividad. Sobre todo esas grisaceas y tristes tardes en las que no te imaginas lo que puede pasar sólo mirando al cielo. Hoy era una de ellas.
Caminaba tranquilo y pausadamente, contemplando mi alrededor como si fuese la última vez que iba a tener oportunidad de observarlo. Conforme iba avanzando el tiempo, recorriendo las calles en penumbra una parte de mi me abandonaba y huía con ellas.
La gente solitaria que se cruzaba en mi camino me miraba y seguía su rumbo, siempre con un destino fijo, siempre pendientes del reloj, siempre aprisionados por algo… desprendía un lúgrube olor a desesperación y desgracia que sólo se podría apreciar sintiéndolo con el corazón.
Arribé a mi destino, el paseo de Begoña, un paseo transitado miles de veces diarias por toda esa gente solitaria, presas del tiempo y del trabajo.
El paseo consta de un pequeño parque en la parte derecha donde pequeñas agrupaciones de jóvenes se amontonan para bailar una danza callejera llamada “break”, mientras los más pequeños disfrutan como nunca lo harán con sus amigos en las atractivas atracciones que el Ayuntamiento propone en esa zona residencial. En el margen derecho, un alargado pasillo repleto de bancos y pequeñas porciones de césped donde las personas de la tercera edad se reúnen con sus nietos para jugar con ellos. Separando las dos zonas, una ilera de árboles parecidos a Castaños atraviesan el paseo de punta a punta dejando a su paso pequeñas hojas en forma estrellada.
Terminando la zona, unos altos edificios tapan el paso de lo que sería la prolongación del paseo. Me fijé en uno de ellos cullo letrero lucía: Café Dindurra. Un curioso café que, supuse, tendría sus años. Custodiando la entrada, unas pequeñas mesitas con sillas en tonos rojizos donde ancianas y ancianos tomaban té y cafés variados, ocultaban un gran ventanal que cubría toda la planta baja del edificio y que, a su vez, estaban adornados con antiguas cortinas color beis claro. En la entrada, aparecía una rústica puerta giratoria que en su día debió funcionar como la que más,pero que, a día de hoy, estaba despejada. Gracias a ello, se podía observar su interior, una enorme estancia repleta de mesitas y sillas como las que adornaban la entrada con altas columnas de orden corintio también en tonos rojizos. También coincidían pues, las personas que habitaban la estancia, ancianas personas que se entretenían con sus nietos o su grupo de amigos jugando al parchís.
Abandoné el café que, por primera vez en toda la tarde, me desprendió un agradable ambiente familiar. Cuando salí, las cosas volvían a ser como siempre, cientos de personas solitarias presas del reloj y víctimas del estrés transitaban el paseo a toda prisa, maletín en mano, apartando a todas las personas que se opusiesen a su marcha, fueran niños o ancianos.
Álvaro. Llueve otro día más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario