Las calles rebosaban actividad. Personas de todo tipo caminaban con prisa de un sitio para otro, con un descontrol ordenado.
Yo sólo podía acertar a contemplar paraguas y gorros hasta donde alcanzaba la vista.
Por fin, llegamos a una bifurcación de calles en la que pudimos respirar con un poco de tranquilidad. Tras contemplar nuestra posición, nos dimos cuenta que enfrente de nosotros teníamos la tienda oficial de el Real Madrid. Entramos, no se si para curiosear los souvenirs o más bien para resguardarnos unos minutos del frío invernal afuera reinante.
Era una estancia acojedora, aunque demasiado comercial. El escudo del club estaba grabado por todas partes. Subimos unas pequeñas escaleras que nos condujeron a la planta superior, donde se podían adquirir camisetas con dorsales de los jugadores del equipo.
Nuestra presencia allí fue cuestión de pocos minutos. Al salir, nos esperaba la misma escena.
Tomamos una calle a rebosar (en realidad, como todas), que nos condujo a la Plaza del Sol.
Gigantescas hileras de personas salían de los puestos de lotería, ignorando las plegarias de aquellas desafortunadas personas que pedían una moneda a la salida del Metro.
Tras ellos, cientos de personas abandonaban aquellas estaciones mirando con impaciencia sus relojes y maletines de cuero.
Dimos un par de vueltas por la plaza y nos dirigimos a la Gran Vía, hogar de las mejores tiendas de España. Casi congelados, entramos en un Starbucks (en serio, qué gran ironía) y pedí un Capuccino con Leche.
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