Una larga estela de pisadas sobre la arena mojaba le precedían. Caminaba despacio, con tranquilidad. La lluvia empapaba todo lo que encontraba a su paso, pues el pelo le tapaba parte de la cara. Encendió como pudo un cigarrillo antes de sentarse bajo la lluvia en medio de una playa desierta. El agua alcanzaba por momentos sus zapatillas de lona, no le importaba, realmente ya le daba todo igual. Alguien le mira desde la barandilla. No se inmuta, sabe que no es ella. Pensaba en los dulces momentos que había vivido hace días, semanas incluso, que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia...
Ella, sóla en una antigua cafetería no muy lejos de allí, escuchaba improvisaciones de jazz (sus gustos musicales siempre le habían fascinado a él) mientras se tomaba un café.
Cuando se da cuenta, la taza queda vacía. Decide salir. Fuera llovía, el solitario frío de Septiembre asolaba ya aquellas estrechas calles de la ciudad. De repente, suena su móvil. Se da prisa en cogerlo. No es él, qué más da. Cuelga y mira la pantalla de su aparato, en el fondo, su imagen juntos en Gijón.
¿Qué he hecho? Se preguntan los dos a la vez, separados aunque juntos, como siempre.
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