Él seguía allí, sentado, sólo, sin hacer nada. No podía quitarse de la cabeza aquellos maravillosos recuerdos que habían vivido juntos, no podía...
Pensó en la música, cómo no, el remedio que había utilizado en todas las ocasiones que necesitaba un consejero y no lo tenía. La música lo guiaba de tal manera que ni él mismo entendía.
Ella se encontraba caminando por las antiguas y estrechas calles de la ciudad. En realidad no sabía a dónde se dirigía, vagaba sin rumbo fijo por aquella ciudad que tantas alegrías le había regalado en el pasado. Ahora, todo daba igual.
Sin quererlo, llegó al paseo de la playa. Se apoyó en una barandilla pintada de blanco que la separaba de la arena. Contemplaba la maravillosa imagen que el destino le estaba brindando en aquel momento, cuando se percató de un detalle.
Sobre la arena mojada y, no muy lejos del mar, divisó una silueta esbelta y con el pelo largo. No la podía apreciar bien, pues las luces de las farolas no alcanzaban su posición. Sin embargo, ella lo supo. Era él.
Álvaro.
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