lunes, 3 de mayo de 2010

Aquel día (III)

No podía apartar la vista de aquella figura, sentada en el suelo, empapada. La música que todavía escuchaba emitía unos parsimoniosos compases de dulce piano. Notó que su pelo se empezaba a encrespar, le daba igual. Se encontraba allí, apollada, a pocos metros de su destino. Entonces, las dudas empezaron a acosar su mente, unas dudas que decidirían su futuro más cercano y el más lejano que se pudse imaginar. ¿Bajar o no bajar?.
Por fin, se decidió, no aguantaba más. Bajó como pudo las mojadas escaleras que le condujeron a la arena mojada. Se quitó los tacones, necesitaba llegar lo antes posible, lo necesitaba para seguir viva. Sus pisadas sobre la arena, aunque sin emitir sonido, resonaban como balas en su cabeza. La música aunmenta el volumen. Se encuentran a unos pocos centímetros. Él nota su presencia.

La música se para. Él se levanta. No la mira, está de espaldas a ella. Él también lo sabe. Pasan segundos, minutos, horas para aquellas dos personas. Vuelve a llover, esta vez con mucha intensidad. El ruido de las gotas de lluvia chocando contra el suelo se unía a el dulce sonido de las olas rompiendo contra la costa y los acantilados.
Por fin, se decidió. Dio la vuelta. La lluvia empapaba sus caras. No hubo palabras. Se miraron. Sus siluetas se fundieron en un largo beso.


Álvaro.

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