Eran las últimas horas del verano. Se acercaba ya el frío del Otoño, las hojas y la lluvia. Pero todavía no era tarde. El sol, maravilloso, seguía ahí arriba la mayor parte del día, él seguía disfrutando del dulce calor y ella del frescor de las olas al romper contra la arena.
Nada había acabado todavía, pero, estaba a estas alturas tan complicado que prácticamente le parecía imposible. Ya había tirado la toalla, comprado la ropa otoñal y guardado en el armario el bañador y las chanclas.
Era el último día del verano, y todo acababa para los dos. Ella partía hoy, no la podía detener. El amor veraniego de aquellos dos chavales daba por concluido su existencia.
Sin embargo, él quiso hacer algo, no podía quedarse de brazos cruzados, necesitaba actuar, y lo hizo. En un arrebato de amor desesperado, tomó un taxi improvisado que le condujo hasta el aeropuerto.
Él corría, nunca le enseñaron a andar, miraba a todos los lados, necesitaba verla, tenía que verla, debía hacerlo. Chocaba contra todo el mundo, le daba igual, en su cabeza sólo resonaba una única cosa.
Entonces, como un fugaz halo de la más blanca luz, la vio. Iba a embarcar en pocos segundos, pues estaba a punto de perder su avión. El color narajizo de la puesta de sol, maravillosa, se filtraba por los grandes ventanales del edificio. Su figura contrastaba con la luz, que la destacaba aún más.
-Te quiero- Gritó lo más fuerte que pudo en aquel instante.
Ella le escuchó, sabía que era él, su voz era inconfundible.
Se dió la vuelta bruscamente, dejó la maleta tirada en el suelo para correr hacia él.
Se besaron.
Ella se fue por la puerta de embarque.
Todo había terminado.
Álvaro.

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