El atardecer iluminaba con sus tardíos rayos la enpinada colina que daba paso a los campos cultivados de trigo. El calor reinaba en el ambiente, se notaba que la época cálida había llegado a los terrenos de aquel remoto, pero precioso, lugar.
Aquellos dos jóvenes amantes se sentían afortunados de presenciar aquellas imágenes, de sentir aquellas emociones, de estar juntos, en medio de la inmensidad de las colinas cultivadas.
Aquella era una noche especial. Ambos lo sabían. Era su última noche en la villa y, por lo tanto, era su última noche como enamorados.
La oscuridad cubrió los campos, iluminados, como siempre, por la brillante, especial, magnífica, luz de las estrellas.
-Vamos a bailar. -Se aventuró él, seguro de sí mismo, como nunca lo había estado, guiado por un sentimiento desconocido hasta la fecha para aquel individuo, confiando en lo que su corazón le dictaba.
Sus siluetas desaparecieron entre las espigas, que se movían al ritmo de la suave brisa que azotaba el lugar.

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