El atardecer iluminó sus miradas, absortas, risueñas, miradas de amor. A ellos sólo les importaba aquello, estar juntos, siempre igual, tras muchos años desde aquellas tardes entre espigas nada les había cambiado. Ni el viaje de ella a París, ni el traslado de él a Madrid podían separarles. Ni si quiera el tiempo podía haber roto una de las relaciones más bonitas que la inmensidad del océano había contemplado jamás.
Siempre juntos. Aquella noche en alta mar lo demostró.

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