En medio de la fría y oscura ventisca, una esbelta figura tapada por una especie de capa negra aparecía torpemente avanzando entre la nieve.
Abajo, en el río semicongelado por el frío, un joven caminante luchaba por sobrevivir a la caída que había sufrido momentos antes e intentaba con todas sus fuerzas alcanzar una orilla.
La figura envuelta en trapos oscuros terminó el camino y, tras salir del enorme bosque de abetos, descendió el precipicio nevado que protegía el flujo fluvial, alcanzando así la posición del viajante.
Tras las súplicas de él, decidió tenderle la mano desde la orilla. La mano, más fría que la nieve, transmitió un escalofrío al transeunte, que recorrío su cuerpo de punta a punta.
La muerte había llegado al pequeño pueblo y, como compañeras de viaje, la tristeza y la soledad del viento invernal.

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