Era muy pronto, demasiado para la época en la que nos encontrábamos. Las sábanas y una suerte de calefacción permitían que me mantuviese estable en mi lugar de reposo nocturno. Algo había llamado mi inconsciente durante mi letargo en forma de minúsculos golpes contra la ventana de mi habitación.
Cuando acerté a comprender lo que pasaba, mi rostro mostró una suerte de sonrisa alentada por el calor de la ilusión de un niño pequeño.
Sí, la lluvia y la nieve habían vuelto a Gijón, era el primer día de Diciembre y, Sí, había vuelto la navidad.
Corrí a toda prisa hacia el salón, que me ofreció una mejor panorámica de la calle. Sin embargo, aquel día la calle parecía diferente, como diría Millás, aquello era la Calle. Por fin había entendido lo que este genio nos quería decir en "El Mundo", el perfecto estado de bienestar físico y mental, una excitación recorriendo cada parte del cuerpo, incitando que aquel momento iba a ser eterno.
Las diminutas bolas de nieve descendían a toda prisa hasta aterrizar en el asfalto, la gente se asomaba a las ventanas, intentando almacenar aquel recuerdo en sus memorias.
Unos cuantos minutos después volví a contemplar semejante escena en el instituto, donde chavales de todas las edades corrían a primera hora de la mañana lanzándose bolas de nieve y haciéndose fotos entre copos, algunos disfrutando de la magia navideña, otros intentando arañar algunos minutos de clase.
Recuerdo entrar en el aula, hoy más que nunca llena de espíritu invernal, y soltar otra sonrisa enmascarada al ver que, por una vez y sin que sirva de precedente, la pizzarra deslumbraba con un:

No hay comentarios:
Publicar un comentario