El mar se mostraba en su forma más pacífica, en un prácticamente absoluto estado de reposo, absorto en su inmensidad. El viento, en arrebatos de instinto natural, se suicidaba contra las olas, provocando efectos sonoros y dulces escalas cromáticas.
A primera hora, un caballo pura raza caminaba a trote lento, conduciendo así a unos burgueses acomodados en la sociedad, dirigiéndolos y guiándolos por las callejuelas de la capital. De repente, una disonancia en fortísimo, una escala modal, una sensible alterada, una tormenta se ciñó sobre París, el viento dejó de suicidarse para convertirse en el asesino de un mar atormentado, el caballo huyó, los burgueses aterrizaron sobre el mojado y frío asfalto.
París tembló, gritó, desesperó y, como todo, volvió a su cauce. ¿Alguien dudaba que el Si bemol terminaría en Do?
Entonces, me desperté.
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