Y de pronto, las calles comenzaron a hablar, y a sentir, y a explicar. Y los adoquines salpicados por la lluvia matutina tenían significado, y hasta el sol parecía brillar con otra intensidad. Y las tinieblas se disiparon, las nubes no eran más que de caramelo, y las avellanas, una salada excusa otoñal para compartir sus labios. Y las olas, cuya casi irónica colisión alegraban los caminos por donde pisaban, donde se resbalaban. Y esa nota. Y esa sonrisa. Y(Y)o.

No hay comentarios:
Publicar un comentario