Sin quererlo, mis tumbos solitarios me llevan hasta una antigua plaza, preciosa y delicadamente decorada con sus adoquines inmaculados y sus ridículos farolillos lúgubres alumbrando las tinieblas.
No me importa nada, ni si quiera yo mismo. No sé quién soy, ni quién quiero ser. La luna, a la que hacía tiempo me había llevado debajo del brazo, me acompañaba en mi triste balada nocturna.
Me cruzo con otro solitario, un saxofonista acabado.
-Probablemente toque yo mejor que tú ese cacharro, payaso.
-Probablemente yo no lleve una rosa en el corazón, desgraciado.

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